22 de septiembre de 2023
9:18pm
Mientras me siento aquí en la nueva sala de mi vida, permito que mi corazón se sienta a hablar, justo en el momento en que una canción comienza a reproducirse, con un suave toque de piano que me invita a descansar.
Deseo dejar que esta fuente de inspiración fluya e invito desde mi ser a la creatividad, al amor, a la incertidumbre, a la vida, pero, sobre todo, a la muerte.
¿Por qué hablamos tan poco de ella, aunque esté tan presente entre nosotros?
¿La vemos lejana, la vemos distante?
¿Por qué tomamos la vida tan a la ligera, sabiendo que desconocemos el siguiente instante?
No me habría imaginado escribir sobre ella en estas entradas. Habría escrito sobre destrucción, creatividad, vida, magia, sabores o colores, pero jamás imaginé que tocaría este tema en mi blog. O al menos, no «tan temprano».
Quiero poder desmenuzarlo como lo he estado haciendo durante el último mes y medio.
Por lo tanto, para que entiendan el contexto, los llevaré a ese momento de mi vida.
6 de Agosto, 2023.
Montaña en Admont, Austria.
Domingo en la noche.
En Colombia, era tarde; en Austria, ya era de noche. Yo estaba tomando cerveza y compartiendo con las chicas colombianas con las que vivía en aquel restaurante alejado de cualquier civilización. Les conté sobre el caos personal que experimenté en plena pandemia mientras vivía en China y les leí algunas entradas de mi diario. Les abrí un poco más mi corazón. La noche continuó, las chicas se fueron a dormir, y yo me quedé allí entre recuerdos, entre Colombia, Alemania, China y Austria, entre la cantidad de personas, momentos y Linas. Tomé la última cerveza, canté hasta quedarme sin voz y me quedé dormida en la sala del lugar. Al despertarme al día siguiente con guayabo por andar mezclando vino con cerveza, vi que mi celular se había vuelto a dañar. La pantalla estaba completamente verde, pero no le presté mucha atención, ya que esperaba que se arreglara durante el día. Bajé a la cocina por agua, revisé mi correo y esperé respuestas importantes para mi siguiente paso en Austria. Me emocioné al sentir que mi sueño se sentía un poco más cerca. Una de las chicas se despertó, hablamos un rato y le sugerí que el día era ideal para relajarnos y ver películas, (sabía que la semana había estado muy dura para ellas en la cocina), se emocionó con la idea y bajamos a hacer el desayuno.
Nuestra energía estaba tranquila y amigable. Le conté sobre la respuesta que había recibido para mi sueño, y se alegró conmigo uniendo sus expectativas y probabilidades junto a las mías.
Cuando miré el reloj, eran las 12 del mediodía. Sabía que alrededor de las 3 de la tarde debía llamar a mis padres para tratar ciertos asuntos. Volví a revisar mi celular, y seguía con su pantalla verde. Continué hablando y riendo con la chica, sentía como mi corazón estaba inflamado de alegría y curiosidad. ¿Cómo será vivir allí en Salzburgo, cómo será estudiar con tantos europeos, qué pasara, cómo serán mis compañeros de cuarto? Eran preguntas que nos haciamos.
Me había montado desde ese entonces a una historia que pasaría en dos meses, olvidando que estaba allí, en esa montaña, en ese instante que estaba a punto de abrirle la puerta al desconcierto.
Noté que mi celular estaba funcionando de nuevo, lo cogí y vi llamadas perdidas de mis padres en la madrugada, me pareció extraño, ya que significaba que en Bogotá era muy tarde en la noche, y sabía que ellos se acuestan temprano. Supuse que quizás habían estado por fuera y querían echar chisme. Al mismo tiempo, vi una llamada como por las mismas horas de mi tía, intrigada la llamé. La saludé con entusiasmo y le expliqué por qué no había podido contestarle. Sonaba como si la hubiera despertado y sin ninguna espera me dio la noticia, la noticia que menos esperaba, esa que de vez en cuando resurge en mi realidad y me sacude el sistema: «Mi negris, mi Peye falleció ayer por la tarde».
Creo que no entendí de inmediato. Sabía que ella llamaba cariñosamente a mi hermano Peye, pero no lograba comprender. Mi reacción no fue más que la de hacer preguntas: ¿cómo así, tía? ¿cómo así? ¿qué pasó? ¿cómo así? No dejaba de hacerle preguntas. No dejaba de cubrirme la boca. Me dijo que había muerto a causa de un paro cardíaco, que había fallecido en la casa, en la que era mi cama, me contó que mi papá lo había encontrado, y que ellos no eran capaces de decírmelo.
La vida se me congeló en ese momento. Mis emociones no dejaron de sacudirme. La chica que estaba conmigo corrió a abrazarme, y yo empecé a sollozar desde lo más profundo de mi ser. Mi tía me pidió que fuera fuerte por mis padres y me explicó cuáles serían los siguientes pasos. Me dio tiempo para calmarme. Lloré, sin comprender nada.
Creo que ese ha sido uno de los días más largos de mi vida.
Creo que en ese día, algo de mí murió.
Creo que ese día.
Creo que ese.
Creo.
Lloré a punzadas, no podía creerlo, seguía llorando, empecé a buscarlo dentro de mis conversaciones (preciso una semana antes había borrado todos los chats, porque quería limpiar mi celular). Hablé mucho, oré mucho, lloré mucho. Lo sentí, lo recordé.
Quise volver a Colombia. Los tiquetes estaban por las nubes (como era de esperarse en temporada alta). Mi sueño estaba presente, el irme significaba dejarlo allí suspendido. Mis papas me pidieron que no lo dejará, que estuviera tranquila, que íbamos a estar en contacto, que lo íbamos a lograr juntos, que fuera fuerte.
Mi cabeza caliente no sabía que hacer. ¿Por qué?
Mi bendición para ese momento fue poder tener a las chicas en ese instante. Me cuidaron, me escucharon llorar, me vieron en calma, en negación, me escucharon gritar, me vieron sacudir. Me sostuvieron. No sé que hubiese hecho sin ellas a mi lado.
-Shh, me repetía mi corazón, todo está bien, todo estará bien-
¿Calma? De donde hay calma me repetía mi cabeza inquieta.
Tranquila.
Ese día largo lo pasé así, entre miles de emociones, entre recuerdos no lejanos. Hacía menos de un año que estábamos él y yo compartiendo nuestras ganas de volar, nuestra visión del mundo, nuestra gana de cambiar y evolucionar. Su voz resonó en mi cabeza, su sonrisa, sus chistes, su forma de llamarme: mi chinita.
Ese día no quise comer, no pude dormir. Estuve fuerte para papas.
La oscuridad me trajo mucho miedo, tenía bastante miedo de estar sola. Las chicas se quedaron conmigo todos esos dos días de descanso. Pusimos música. Cantamos, lloré. Una montaña rusa que no tenía sentido. Una sensación extraña y lejana. Una sensación de egoísmo por no estar allí presente, alrededor de mi familia, alrededor de sus abrazos, de su respiración. Yo estaba allí en la oscuridad de un restaurante en el monte, con dos chicas que intentaban lo mejor para consolarme, pero que a la final eran lejanas a mi o a mi historia. El dolor nos hizo hermanas. Me cuidaron. Y eso jamás lo podré olvidar.
El otro día fue parecido, con la excepción que no estaba llorando, mis lagrimas se habían secado. Empecé a buscar respuestas, vi todos los videos que pude encontrar sobre muerte. Necesitaba encontrar una respuesta al ¿qué pasa cuando uno muere? ¿Yo quería saber a dónde se me había ido él? Encontré videos espirituales, de budistas, de científicos, charlas de TED. Todas me dejaban más confundida de lo que ya me sentía. Quisé ver también entrevistas de esas personas que dicen sentir la muerte por varios segundos. Me quedé con la idea que más me pareció sana: su cuerpo murió, su energía trascendió. Significaba que el seguiría aquí, pero de otra manera y que yo empezaría a ver todo diferente.
Quisé ver tierra de osos. Quisé no quedarme en el porqué.
Puedo apropiarme de la palabra VALENTÍA.
Cada que se acerca el caos, saco de mi caja de herramientas esa prenda valiente y me visto en ella.
Le dije a las chicas que saliéramos a caminar.
Necesitaba tomar aire, la cabeza no dejaba de dar vueltas. Una de las chicas tuvo la idea de llevarnos por un camino montañoso, que no pensé traería lo que traería, pues a la final y con su peligro, me recordó que yo seguía en este mundo viva. Un camino en el que no teníamos más opción que la de escalar para poder llegar hacia el otro restaurante a 1880 metros. Tuve mucho miedo, pero sabía que algo dentro de mi había muerto con mi hermano, y debía confiar en la vida. En el instante. Tuve miedo de pisar mal, de caer en el abismo. Me sostuve de esa cuerda como jamás lo hubiese hecho. Al llegar a una cruz en la punta de una montaña, encontramos un cuaderno, uno que vive para que las personas escriban sus memorias. Le escribí allí, le pedí que fuera a ese lugar, le pedí que descansara, lo amé incluso más.
En medio de un paraíso. ¿por qué vida? ¿por qué tan rápido?
Volví a llorar. Volví a sentirme en paz. Me pregunté si estaba mal que no hubiese regresado, que no estuviese ahí. Confirmé que no se podía, que no era lo conveniente. Algo de mi entendió que debía sobrellevar este luto desde la lejanía. Me acerqué mucho más a mis papas. Leí y escuché parte del camino de mi hermano por esta tierra a través de los ojos de otras personas. Lo volví a conocer y reconocer.
Al siguiente día, como de costumbre, un miércoles, mi jefe volvió a subir al restaurante. Me abrazó. No sabía que decirme, más que su hermana había pasado por eso cuando perdió a su mejor amiga, y que quizá ella podía ayudarme. La hermana habló conmigo. Me dejaron sola en el cuarto, yo no sabía como procesar todo. Y muchos menos sabía lo que estaba a punto de sucederme.
Perder mi trabajo como niñera.
Perder la oportunidad de ensimismarme en el llanto y en el dolor de haberlo perdido, para darle la entrada a la búsqueda de soluciones. Tuve la oportunidad de ver el corazón de las personas en su máxima expresión. Entendí que yo era una pieza, una empleada, que los lobos son más astutos en la vida real que lo que eran en las películas que veía cuando niña. Entendí que la vida continua, incluso en el peor momento.
Perdí el espacio para la angustia, el desespero, el sollozo para concentrarme en sobrevivir en esa realidad. Había tomado la decisión de quedarme a luchar por ese sueño que se asomaba, debía de cierto modo correr el riesgo a el desconocimiento de lo que pudiese pasar en los siguientes días, en las siguientes horas. A las mentiras, a la injusticia. A estar atrapada entre la vida y la muerte. A consejos con sabor a sabotaje y consejos con sabor a vida, a amor.
Un momento estático donde nada parecía tener respuesta, o movimiento. Más la de que ya no tenía mi trabajo. Perdí mi trabajo con excusas disfrazadas de »entendimiento». Mi jefe, tenía miedo que le contagiera la tristeza al niño que cuidaba. Me parecía absurdo, porque yo sabía que de algún modo debía seguir trabajando para poder sostenerme en Salzburgo, además que me conocía y entendía que los niños me dan más alegría que otra cosa. Tuve que empezar a lavar los platos de la cocina donde me estaba quedando para poder pagar mi comida y alimentación. La vida me siguió transformando y me pregunto ¿de verdad cambiaste? ¿de verdad estás preparada para el siguiente nivel? Tuve paciencia, calma, aceptación. Aprendí a ser amiga del amor incluso en mi dolor. Con agradecimiento diario de poder estar viva. De poder estar para papas, incluso en la lejanía.
Nos preguntábamos como sería vivir todo esto si no tuvieramos toda la ayuda tecnológica de nuestro tiempo. Nos abrazamos a diario, en forma simbólica. Mi pánico venía y se asomaba. Esa gana de controlar todo que traía desde esos momentos de caos en China, se fue esfumeciendo, mientras le rogaba a Dios que no me dejará tomar el control de nada.
Confíe a ciegas. Agradecí incluso lo injusto, porque sentía que mi reacción a ello dictaba mi rumbo.
Los días parecían eternos. La lectura, la escritura me limpiaban. Hacer las cosas bien, igual. Su voz retumbaba en mi alma.
Cada día era indescriptible, el miedo no dejaba de asomarse a mi corazón, no sabía en que momento a esa jefe, se le ocurriría otra de sus trampas. Ya me había dado cuenta que había conseguido una nueva Aupair, ya me había enterado que la famosa agencia, no podía hacer nada. Ya había comprendido que no era nadie en ese juego, por lo que solo me quedaba un mes como niñera, así hubiera alguna familia, nadie me contrataría por un mes. El dinero, movió a este cuento. Me concentré en la reacción de mi cuerpo. Me enfoqué en la idea: la vida pasa para uno. La vida me estaba moviendo. Me pedía que confiara, que actuará desde mi corazón, que escuchara a mi intuición.
Busqué a diario soluciones, una casa, un apartamento, un algo. Tenía que ser fuerte, así lo unico que quisiera fuera sollozar y preguntar porque no estaba aquí, porqué se había ido, porque no podía llamarlo.
En los últimos días que pasé en ese paraíso que se había transformado en mi pesadilla, mientras me ahogaba entre mentiras y engaños, todas las personas del restaurante partieron para disfrutar de unos días de descanso junto al lago. Me dejaron sola, desde la noche del domingo hasta la mañana del miércoles. Aunque ya había tomado esta decisión por voluntad propia en ocasiones anteriores, esta vez se convirtió en una pesadilla. Jamás había sentido tanto temor a la oscuridad y al silencio como durante esas noches en el restaurante. Me aterraba salir de mi cuarto, cruzar el pasillo, encontrar el baño o incluso intentar conciliar el sueño.
La noche del domingo, experimenté un dolor agudo en mi corazón y temí por mi vida. Por primera vez, el miedo a morir me envolvió mientras estaba sola. Pensé en mis padres, en lo que sucedería si llegara a fallecer, en mis sueños y en todo lo que no había compartido. La soledad se cernía en ese restaurante y la oscuridad la hacía aún más palpable.
El día se asomó y yo seguía viva, agradecida. Comencé a empacar, con la confianza de que algo mejor me esperaba, una nueva oportunidad en la vida. La luz del día en la montaña era un paraíso que me llenaba de tranquilidad. Sin embargo, la noche era angustiante, fría y oscura. Después de esos días de constante miedo, empecé a sentir que ya no podía quedarme allí. Mi mente se estaba volviendo caótica debido a la falta de sueño, y temblaba sin control. No tenía fuerzas para enfrentar la fachada de que todo estaba bien.
Entregué las llaves y subí al nuevo cuarto que me habían ofrecido. No deseaba ver a la nueva aupair, me embargaba la pena de que ella se estuviera adentrando en ese mundo. No tenía palabras que decir; solo anhelaba irme. Sabía que nadie resolvería mis problemas, y nadie tomaría la decisión por mí. Entonces, sin pensarlo más, compré un boleto, el boleto que me rescataría de allí.
Mi psicóloga dice que salí de esa situación con los ojos vendados, sin saber lo que me depararía. Pasé una semana en casa de una amiga en Berlín. Venía con traumas, pero de alguna manera me sentía tranquila, finalmente podía ser yo misma, llorar y hablar.
La historia se desenvolvió de una manera inesperada.
He pasado mucho tiempo en soledad, y esa soledad ha sido una oportunidad para redescubrirme, confiar en mí misma y aprender a amarme.
He presenciado la vida y la muerte entrelazarse en mi existencia, como dos fuerzas interconectadas, un Yin y Yang de las experiencias de la vida. Esto me ha brindado la oportunidad de jugar el mejor juego que puedo con mi vida, a través de la creatividad. La muerte de mi hermano se convirtió en una oportunidad para vivir con una fuerza renovada en el presente. Ahora veo la muerte con amor y considero que los miedos son como luces verdes que abren espacios amorosos y cálidos. Me siento fuerte y poderosa, y estoy agradecida por la vida que fluye a través de mí.
Es paradójico, porque de alguna manera todas las batallas, búsquedas y exploraciones me han llevado a este momento. Ahí donde puedo elegir entre el camino fácil, marcado por el dolor, o el camino difícil, el creativo. He tenido la oportunidad de observar mi propio crecimiento desde el momento en que me senté frente a esa botella de vino rosado en plena pandemia y sentí que mi corazón se rompía por primera vez. He tenido la oportunidad de cuidar de mí misma, aplaudirme y soltarme. No busco definirme, sino vivir en la dualidad y en la sangre, reconociendo que alguna vez fuimos dos, dos seres únicos.
Hoy, vivo plenamente este momento y lo siento en mi interior.
Esta es mi historia hasta el día de hoy.
Es una historia en la que en algún momento me hicieron creer que debía quedarme atrapada en la oscuridad, sin oportunidad de florecer. Pero mis experiencias me han demostrado que no hay nada más hermoso que estar aquí en este cuerpo prestado, sabiendo que algún día también trascenderé y experimentaré la luz junto a él.
Mi deseo es que todas las almas descansen en paz y que todos los corazones se llenen de amor. Esto es lo que pido, desde mi presente, al cielo y a ti, quien me estás leyendo.
Con amor,
Lina María.





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