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La ignorancia es el peor enemigo de un pueblo que quiere ser libre – Jonathan Hennessey
Crecí en un laberinto de aulas donde la creatividad se marchitaba como una flor olvidada. Nos enseñaron a obedecer, a llenar cuadernos con respuestas prefabricadas, pero nadie nos mostró el mapa hacia el tesoro que late en nuestro interior. La escuela, lejos de ser un jardín de curiosidades, se convirtió en una fábrica de tareas, donde el juego de crecer y descubrir se castigaba con notas y exámenes.
En la universidad, el horizonte se expandió, pero la sombra de la conformidad se alargó. Nos especializamos, sí, pero dentro de los límites de lo establecido, de lo seguro. Pocos profesores se atrevieron a ser faros en la oscuridad, a guiarnos hacia la autenticidad, hacia ese lugar donde el título no es un fin, sino una herramienta para transformar el mundo. La carrera desenfrenada por el éxito económico nos cegó ante la belleza de los detalles, ante la sinfonía silenciosa de la vida.
Nos convertimos en ecos de modas y tendencias, sombras que siguen a otras sombras, sin detenernos a cultivar nuestro propio jardín interior. Olvidamos que educarse es un acto de rebeldía, un viaje incómodo y solitario hacia la verdad. Es aprender a escuchar la voz silenciada, a incomodar para despertar conciencias, a cristalizar realidades que otros prefieren ignorar. Estamos acostumbrados a brillar con luces prestadas, a narrar historias ajenas, pero el verdadero desafío es encender nuestra propia chispa, contar nuestra propia historia (que incluye la de nuestros ancestros, esos ecos que resuenan en nuestros movimientos y silencios).
La educación es un arma de doble filo: nos da el poder para crear, pero también nos exige una profunda responsabilidad. Nos invita a salir de la zona de confort, a cuestionar lo establecido, a construir puentes donde otros levantan muros. Nos recuerda que el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para transformar el mundo, hacerlo más justo, más humano.
No basta con acumular información; también debemos aprender a discernir. Es necesario desafiar las voces de desinformación, tener el valor de retroceder cuando sea necesario y escuchar más allá de las emociones y los pensamientos que nublan nuestra comprensión. En la lucha por entendernos y comprender la raíz de tantas divisiones, reside una pregunta crucial: ¿nos atrevemos a incomodar, a cuestionar lo establecido, a construir nuestra propia narrativa? ¿Nos atrevemos a ser la chispa que despierta, la luz que guía, el faro en la oscuridad?
El camino hacia el conocimiento no es sencillo, pero es el único que nos lleva a la verdadera libertad, a la posibilidad de forjar nuestro propio destino, en un mundo donde la incertidumbre se presenta como la única constante.
Por eso, te invito a no esperar hasta alcanzar un puesto en una universidad o institución que quizás no te guíe hacia la verdad. Comienza ahora. Da un paso atrás, explora las mentes ajenas y la tuya propia, descubre lo que realmente resuena con esa melodía universal, esa que con paciencia nos llama a ser escuchada. Porque el verdadero aprendizaje no se mide en títulos, sino en la constante búsqueda de esa sinfonía que une a la humanidad.
Recuerda que todo lo que comparto aquí está en constante evolución. Lo que leas, veas o escuches está abierto a ser cuestionado, transformado, y si es necesario, completamente reconfigurado. Este blog, Moluccana, es un espacio para romper y reconstruir ideas. Aquí, los errores no son solo aceptados; son celebrados, porque cada tropiezo nos acerca a otro nivel evolutivo.
cuidateeeee,
Lina Maria.





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