Hay palabras que se nos clavan en el cerebro. Nos persiguen hasta que decidimos mirarlas de frente.
«Fallar» es una de ellas.
Ha estado bailando en mi cabeza hasta que por fin entendí su verdadero mensaje. Y sí, es el tema de este mes en el blog.
Sé que no puedo generalizar ninguna palabra ni asumir que todas significan lo mismo para todos. Aun así, en esta palabra encontré un camino hacia mi arte más personal. Porque es al fallar cuando nos vemos obligados a improvisar, a ser creativos, a buscar soluciones que no estaban en el manual. Es ahí donde emerge tu esencia, tu sello único.
Recuerdo la primera vez que quise aprender a tocar el ukelele. Y luego, la guitarra. La frustración me carcomía. En mi cabeza solo existía una idea: “Necesito profesores”, “Necesito dinero”. Me sentía atada, limitada. Cada intento sonaba a desastre, una melodía desafinada de pura impaciencia. Quería que saliera bien desde el primer rasgueo, que me aplaudieran desde el primer intento. Pero, en el fondo, ese miedo a fallar era lo que me impedía avanzar.
Hasta que un día, me senté a intentarlo sola.
Y lo demás… fueron horas de notas equivocadas, de acordes que no sonaban, de ritmos que se perdían. Cientos de “fallas” que se convirtieron en pequeños descubrimientos. Cada error me decía: “Por aquí no”, “Prueba esto”, “Ajusta aquello”. Fue un proceso lento y lleno de tropiezos, pero también un viaje que me llevó a abrir puertas que jamás habría imaginado. Descubrí mi propio ritmo, mi propia forma de aprender, mi propia melodía.
Porque no hay maestría sin millones de micropartículas de errores, de fallas, de fracasos.
Pensemos en un músico. ¿Cuántas notas desafinadas, cuántas horas de práctica estéril antes de que una melodía fluya perfecta?
¿O un deportista? ¿Cuántas caídas antes de un salto impecable?
Pero fallar duele.
No nos gusta. Queremos que todo nos salga bien a la primera. Queremos aplausos inmediatos. Vivimos en la era de los “éxitos virales”, donde solo se muestra el resultado final, el brillo del logro. Pero detrás de cada obra maestra hay un cementerio de intentos fallidos, de ideas descartadas, de momentos en que todo parecía ir en picada.
Hasta que, de algún modo, la sinfonía de la vida nos susurra: disfruta el proceso.
Y ese proceso, con todos sus errores, nos lleva a descubrir puertas que nunca habríamos imaginado. Porque la verdadera maestría no está en no caer, sino en saber cómo levantarte… y qué aprendiste en el camino.
Así que, te invito:
¿Qué pasaría si hoy le dieras permiso a tus ideas para fallar?
¿Qué pasaría si te atrevieras a experimentar sabiendo que el “error” no es un castigo, sino una brújula que te recalibra?
Dale la bienvenida a tus fallas.
Son ellas las que te están guiando hacia tu verdadera maestría.
Con amor,
Lina Maria.





Deja un comentario